- - Tienes
las ganas encalladas entre el alma y la cabeza
- - Ganas,
¿de qué?
- - De
hacer lo que quieres sin pensar en lo que necesitas, en la lógica de la vida…
- - Lo que
quiero eres tú
- - Pero no
lo que necesitas
Podría ser un pasaje de la nueva
obra de teatro o simplemente palabras pensadas que se atragantan entre el corazón y la cabeza…
Eres como una tarde cálida de junio con amenaza de tormenta que siempre
estalla… Como el viento que nunca amaina, que jamás se convierte en brisa.., eres
el deseo concedido que nunca debió perderse…
¿Ves? Yo también soy capaz de
acariciarte el alma con palabras…
Hoy me he levantado así, de
aquellas maneras. Básicamente pensando y observando… observando el día a día y
buscando los detalles que lo hacen tan valioso. Al día a día, me refiero…
Primero de todo: la capacidad de
comunicar. ¿No os habéis dado cuenta de que hablamos y no nos entendemos? Y no
es por incapacidad lingüística, noooo… algunos hasta tienen un buen demostrado
nivel de vocabulario. No. No nos entendemos porque no nos escuchamos, y no nos
escuchamos porque, en la mayoría de la ocasiones, o desviamos nuestro interés hacia
esa zona personal ubicada entre el pubis y el ombligo, o nos hemos quedado en
la superficie sin ganas de profundizar en lo que la otra persona nos dice. Pero
existe una paradoja. Nos interesa poco lo que nos dicen pero nos encanta que
nos lo digan. Así somos de incongruentes.
Segundo: la facilidad para hacer reír.
Sí, si. No todo el mundo tiene esa capacidad sanadora de arrancar una sonrisa
al personal, ese traje de bufón existencial por el que hasta los momentos más
duros tienen mejor tránsito con una sonrisa… De hecho, cuando por las mañanas observo
a la gente con la cara cual bisonte, siempre pienso que eso no tiene que ser
bueno. Pero tiene que ser peor pensar que el personal está loco cuando sueltas
una carcajada en mitad de un semáforo (doy fe) porque aquello no cuadra con la
solemnidad de la vida. Es curioso, buscamos la risa pagada en espectáculos
circenses y rechazamos la bendita locura de quien te hace reír sin que lo
esperes. Aviso a navegantes. Son este tipo de personas con las que merece pasar
un buen trayecto de tu vida.
Tercero: la valentía de
acariciar. Y seguro aquí nos hemos puesto guapos. Pues no! No es la valentía de
acariciar para lograr mezclar tu sudor y el mío. Eso, aparte de ser una
necesidad, no deja de ser sencillo. No. Acariciar para comunicar, volvemos a lo
primero de todo, para decir lo que a la palabra se le escapa. No es una caricia
carnal, es una caricia al alma que hacen nuestras manos. ¿Difícil? Pues tampoco,
solo hay que ser valiente para obviar la confusión de quien interpreta lo
contrario al mimo. Si hay confusión se aclara… o no. Pero que el malentendido
no te deje dejar de acariciar.
Y todo esto, y más que se me
ocurra según vaya observando, es el día a día. Pequeños tesoros que por cotidianos
se nos escapan, nos pasan desapercibido. Es una lástima porque, a veces, por
cotidiano se nos olvida el valor de cada día.
Hace poco he recibido dos regalos,
por mi cumpleaños obviamente, de esos que te tienen entretenida y te hacen
pensar. Si los pones uno al lado del otro no tienen nada que ver, uno es un
libro y el otro un viaje, pero ambos tienen en común que te hacen explorar, ver
más detenidamente… y no solamente con los ojos.
El libro reconozco que me ha dado
el método para observar, casi antropológicamente hablando, de la realidad que
me rodea. Olores, sabores, tactos, emociones… así que nos pasamos Petronila y
yo los días de bici, libro en ristre, parando en rincones curiosos y
observando. De hecho, recopilo “muestras”, “cuerpos del delito” de sentimientos
incipientes o moribundos… es fácil sentarse y observar como la vida, incluyo al
personal, va escribiendo un relato en el que todos participamos y en el que
estamos, nos guste o no, interconectados. Es fácil, sí, pero que poco lo
hacemos… así que ando con mi librito explorador, mi boli, poniendo atención a
lo que me rodea y… flipo. Vamos, que estoy de lo más entretenida.
El segundo ha sido un viaje para
descubrir una nueva forma de comer a caballo entre la experiencia sensorial y
la empatía personal. ¿Intrigados? No me extraña porque es algo tan sencillo y
complicado a la vez, que me cuesta expresarlo. El regalo era sencillo: viaje a
Barcelona (perdón a mis amigos barceloneses pero la agenda del finde andaba
apretada y no había hueco. Prometo regresar), recorrido por la ciudad y cena en
un restaurante en el que no podías usar tus ojos para comer porque era una cena
totalmente a ciegas. Sí, a ciegas. Los camareros son invidentes y son ellos los
que te guían durante el tiempo entre los entrantes y el postre. Te conviertes
por un rato en dependiente, en discapacitado dependiente que no es lo mismo, de
aquellos de los que pensamos que dependen de nosotros, videntes completos y
orgullosos.
Por un rato estás perdida,
asustada, frágil, hasta que poco a poco vas haciéndote a esa nueva realidad y…,
pones a trabajar tus otros sentidos. Y es en ese momento cuando descubres otro
universo, en algunos momentos más rico, en muchos más aleccionador y en todos
mucho mucho más humilde. Calificas olores, sabores… agudizas la sensación táctil
y juegas a ver si eres capaz de reconocer los sabores en la oscuridad. Es increíble
cómo nos condiciona la vista y hasta qué punto nos hace libres la oscuridad. No
en vano, en momentos importantes de nuestra vida tendemos a cerrar los ojos y a
ver con otros ojos. Con los del corazón o con los de la imaginación, que casi siempre
van de la mano.
Quizás lo que más me impactó fue
el tacto de las manos de Pilar, nuestra camarera invidente, entre tierno y
seguro, guiándonos por una realidad desconocida donde volvimos a ser niñas
perdidas (es que éramos todos chicas). Y es un poco como en nuestra vida. En muchas
ocasiones, invidentes emocionales, buscamos una mano que nos guie, que nos
muestre el camino. Una mano donde reposar y estar seguros… pero, cuando te
acostumbras a la oscuridad, a la falta de luz que crees que no tienes, esa mano
ya no es necesaria sino que se complementa. Dejas de ser dependiente y simplemente
compartes, te pones a la misma altura y haces en momentos también las veces de
guía… y es entonces cuando se acaban los miedos y las inseguridades. Es como
descubrir la sombra de la luna y ver que es simplemente perfecta.
Por cierto, el viaje a Barna también
me ha servido para reconciliarme con una ciudad de la que tenía muy malos
recuerdos, de esos que te gustaría no haber tenido nunca y que solo han servido
para dar significado a la palabra olvidar. Ahora sí que sí: Barcelona tiene una
melodía preciosa.
A veces nos empeñamos tanto en buscar
lo exquisito que se nos pierden las cosas buenas. Y las cosas buenas son cosas
sencillas. Cosas como caminar por la naturaleza, tomar una cerveza con los
amigos, ir al teatro, al cine o simplemente leer un libro en silencio al lado
de esa persona, que tampoco es nada exquisito, pero que sin ella la vida es bastante
más gris.
Nos hemos acostumbrado a buscar
aventuras radiantes, situaciones deslumbrantes, momentos épicos cuando la
felicidad se esconde en ese día a día que nos han dicho que es anodino y
vulgar. Es esa sensación de familiaridad con la que metes las llaves en el
bolso de ella o ese momento relajante en el que haces planes de dos para
cuatro. Son esos “¿A ti qué te parece?”, “Prefiero comer pescado” o “llego
tarde a casa haz tu la compra”. Son instantes que pasan casi inadvertidos por
cotidianos, instantes que sin querer se aferran a la vida pegándose en las
paredes de la memoria, en un rincón casi olvidado. Son instantes en los que no
nos detenemos a mirar pero que forman el puzzle de nuestra felicidad. No nos
damos cuenta hasta que faltan, y cuando faltan….
No. No son ni el boato ni los
oropeles. Ni es la persona extraordinaria y desmedida. Es lo simple, lo
cotidiano… Es quien te mira con los ojos cerrados y te arranca la sonrisa. Y aun
así, aun sabiéndolo, mira que nos complicamos la vida.
Que el tiempo pasa es un hecho. Que
nos enseña cosas debería ser una obviedad aunque para algunos, por muchos años
que pasen no van a aprender nada. Y esto es otra realidad.
No hace mucho, mi querido Bartolo
puso un vídeo de reencuentro de dos elefantes después de 20 años de separación, viviendo una vida de circo e imagino de sufrimiento. Era una especie de experimento
etológico -relativo a la etología que es el estudio del comportamiento animal- para saber cuál sería la reacción de unos animales famosos por su memoria pero
con dudas sobre sus sentimientos y emociones.
No hace falta ser etólogo para
ver que el documental mostraba a dos animales que, pese al paso del tiempo, no
solo no se habían olvidado sino que mostraban lo que parece ser un recuerdo
vívido de una amistad resistente al paso de los años. Juegan, se acarician,
parece decirse al oído mil palabras retenidas por la distancia… se podría ver esa
complicidad que otorga los amigos de toda la vida que, pase el tiempo que pase,
en el momento del recuentro es “como decíamos ayer”.
Se podría sacar la conclusión de
que los animales, por lo menos estos grandes mamíferos, son capaces de
estructurar sus recuerdos en función de sus sentimientos quedando para siempre marcado
en su memoria la persona que los forjó a golpe de amistad. Podría ser. La pregunta
es si estos animales tuvieron la capacidad de forjar esos sentimientos de
manera consciente o somos nosotros los que queremos darle esa explicación con
la única intención de humanizar el reino animal. No soy etóloga y no tengo
respuesta a esta cuestión, pero me asaltan otras: ¿Es necesario que dejemos
pasar los años para manifestar sentimientos que simplemente tenemos y no
dejamos salir? ¿Somos capaces de guardar “quereres” resistentes al paso del
tiempo? Las personas a las que pensamos, que no tenemos al lado pero que no
decimos lo que las echamos de menos, ¿se comportarían como estos elefantes? Es más,
¿deberíamos dejar pasar los años para demostrar o no esta teoría? ¿Queremos a
pesar del paso del tiempo o como consecuencia de él?
Los animales parecen querer sin
condición y nosotros ponemos condiciones para querer. O vemos que nos quieren
con condiciones y nos condiciona querer… No lo sé. No llego a tanto. A lo que
llego es a mirar a mi alrededor y ver que a veces falta gente, que están lejos
o lejanamente cerca y que, si hay que esperar 20 años para analizar nuestras
reacciones, es posible que el experimento se quede poco menos que en agua de
borrajas. Posiblemente lo que nos diferencia de los elefantes es que ellos, en
su simplicidad, solo usan un factor, el del corazón, en el reencuentro y
nosotros ponemos, además, el de la razón.
¿Cuáles son las enseñanzas del
tiempo entonces? Una fundamental: que sí, que queremos a pesar del paso del
tiempo pero que es ese mismo tiempo el que nos condiciona el querer. Queremos porque
necesitamos querer y ser queridos pese a que el gran secreto es que deberíamos
querernos para aprender a querer.
Seguro que muchos de vosotros
sabéis de mis locuras con la bici porque andáis cerquita cruzando los dedos
para que no me piñe. Por eso sabréis que el pasado septiembre participé en una prueba
cicloturista por la sierra de Madrid donde una chavala tuvo un accidente en el
Puerto de La Morcuera que pintaba, ya en los primeros momentos, muy mal.
Era un día soleado, pero subiendo
el puerto se puso a llover. Las bicis y la lluvia no se llevan bien y, si para
colmo sopla el viento, la cosa se complica. Bajando hacia Rascafría a Eva, la
chica del accidente, se le fue la bici por la conjunción de una serie de
factores: la lluvia, el viento, la estupidez de cuatro descerebrados que se
toman una prueba cicloturista como si fuera el Tour… y chocó contra un “quitamiedos”.
La cosa podría haberse quedado ahí. Una costalada y ya. Como tantas otras que,
no solo ella, sino todos los que montamos en bici nos hemos dado alguna vez. Pero
no. Salió catapultada por el barraco y aterrizo con la espalda en un árbol. Malo.
Se secciono la columna. Los que íbamos por detrás ya vimos la gravedad… y ella también.
Y para colmo las complicaciones de llevársela a un hospital debido a que el
helicóptero no podía aterrizar entre tanto árbol, tanta lluvia y tanto viento.
Decir cómo se nos quedó el cuerpo
es una perogrullada. Pensar que nos podía haber pasado a cualquiera de
nosotros, otra. Recuerdo que bajando el puerto, empapada, helada y acojonada,
solo podía pensar en cómo se le había truncado la vida a la pobre, con su
juventud partida por la mitad. De hecho, entre curva y cuesta, pensaba que
hubiera hecho si eso mismo me hubiera sucedido a mí. Sombrío, ¿verdad? A mí,
que tanto me mola caminar y montar en bici…
Hoy, uno de mis peregrinos me ha
enviado un recorte de periódico donde aparecía ella y su futuro. No solo ha
aceptado su nueva situación sino que se ha propuesto nuevas metas que igual,
antes del accidente, no podría haberse ni planteado. Ahora quiere competir en
los Juegos Paralímpicos (Historia de una superación).
Además, en una cuenta de Twitter
he visto un artículo interesante sobre las coincidencias, esas situaciones de
la vida que supuestamente suceden por y para algo. Y claro, me ha dado por
pensar. ¿Es posible que hasta un accidente con resultado de tetraplejia sirva como
vehículo para alcanzar algún fin? ¿Puede ser que el diagnóstico más nefasto,
léase un cáncer, en uno mismo o en un familiar sirva para darte cuenta que
igual, solo igual, el centro de la vida no se mide desde tu ombligo? ¿Pudiera
ser que rupturas, despidos, crisis y demás traumas solo sean una pieza que
complete una vida, la tuya, que andaba pelín desorientada? O sea, ¿Qué muchos
de vosotros estáis en mi vida respondiendo a una oculta razón?
Me da la ligera sensación de que
a veces tomo decisiones que sistemáticamente la vida se encarga de que no se
lleven a cabo. Suelo empeñarme, trazo plan de acción y lo ejecuto. Medito las
situación, sopeso pros y contra y una vez que lo tengo claro, tiro “palante”. Habitualmente
lo suelo hacer en aquellos aspectos más personales, en lo relacionado con echar
de mi vida a gente que no me encaja pero que, de manera recalcitrante, y pese a todo mi empeño, vuelven
y vuelven y vuelven. Cansina la cosa. ¿Es esto la sincronicidad y las
coincidencias?
Como no tengo respuesta vuelvo
con otra pregunta ¿Sirven ejemplos como el de Eva para modificar nuestras
prioridades? ¿Es el toque de atención para darle valor a lo que verdaderamente
lo tiene? ¿Pueden hacernos aprender en pellejo ajeno? A mí, desde luego, me ha
dejado pensando
Si cierras los ojos tiendes a ver
lo que el corazón quiere que veas, lo que te muestra libre de miedos y
pesadillas. Es el boceto que dibujas de lo que es posible que ocurra allí,
donde todo puede ocurrir.
Si cierras los ojos puedes sentir
las caricias debidas, las miradas olvidadas y las palabras que, al borde de los
labios, se han quedado asustadas sin salir.
Si cierras los ojos te cubre un tenue manto de colores, que obvia el negro y deja paso al arcoíris de tu
sonrisa. Así, sin voces que lo cubran ni gritos que lo espanten.
Si cierras los ojos todavía
puedes verme y que te vea. Todavía es posible cogernos de la mano y salir
corriendo, correr, escapar hacia donde, si cierras los ojos, nada ni nadie nos
puede alcanzar.
Si cierras los ojos escuchas lo
que la voz no es capaz de decir, atrapada entre pasados que no se van y futuros
que no quieren llegar.
Si cierras los ojos nos encontramos. Así, sin más.