lunes, 31 de marzo de 2014

Explorando más allá de los sentidos


Hace poco he recibido dos regalos, por mi cumpleaños obviamente, de esos que te tienen entretenida y te hacen pensar. Si los pones uno al lado del otro no tienen nada que ver, uno es un libro y el otro un viaje, pero ambos tienen en común que te hacen explorar, ver más detenidamente… y no solamente con los ojos.

El libro reconozco que me ha dado el método para observar, casi antropológicamente hablando, de la realidad que me rodea. Olores, sabores, tactos, emociones… así que nos pasamos Petronila y yo los días de bici, libro en ristre, parando en rincones curiosos y observando. De hecho, recopilo “muestras”, “cuerpos del delito” de sentimientos incipientes o moribundos… es fácil sentarse y observar como la vida, incluyo al personal, va escribiendo un relato en el que todos participamos y en el que estamos, nos guste o no, interconectados. Es fácil, sí, pero que poco lo hacemos… así que ando con mi librito explorador, mi boli, poniendo atención a lo que me rodea y… flipo. Vamos, que estoy de lo más entretenida.



El segundo ha sido un viaje para descubrir una nueva forma de comer a caballo entre la experiencia sensorial y la empatía personal. ¿Intrigados? No me extraña porque es algo tan sencillo y complicado a la vez, que me cuesta expresarlo. El regalo era sencillo: viaje a Barcelona (perdón a mis amigos barceloneses pero la agenda del finde andaba apretada y no había hueco. Prometo regresar), recorrido por la ciudad y cena en un restaurante en el que no podías usar tus ojos para comer porque era una cena totalmente a ciegas. Sí, a ciegas. Los camareros son invidentes y son ellos los que te guían durante el tiempo entre los entrantes y el postre. Te conviertes por un rato en dependiente, en discapacitado dependiente que no es lo mismo, de aquellos de los que pensamos que dependen de nosotros, videntes completos y orgullosos.



Por un rato estás perdida, asustada, frágil, hasta que poco a poco vas haciéndote a esa nueva realidad y…, pones a trabajar tus otros sentidos. Y es en ese momento cuando descubres otro universo, en algunos momentos más rico, en muchos más aleccionador y en todos mucho mucho más humilde. Calificas olores, sabores… agudizas la sensación táctil y juegas a ver si eres capaz de reconocer los sabores en la oscuridad. Es increíble cómo nos condiciona la vista y hasta qué punto nos hace libres la oscuridad. No en vano, en momentos importantes de nuestra vida tendemos a cerrar los ojos y a ver con otros ojos. Con los del corazón o con los de la imaginación, que casi siempre van de la mano.

Quizás lo que más me impactó fue el tacto de las manos de Pilar, nuestra camarera invidente, entre tierno y seguro, guiándonos por una realidad desconocida donde volvimos a ser niñas perdidas (es que éramos todos chicas). Y es un poco como en nuestra vida. En muchas ocasiones, invidentes emocionales, buscamos una mano que nos guie, que nos muestre el camino. Una mano donde reposar y estar seguros… pero, cuando te acostumbras a la oscuridad, a la falta de luz que crees que no tienes, esa mano ya no es necesaria sino que se complementa. Dejas de ser dependiente y simplemente compartes, te pones a la misma altura y haces en momentos también las veces de guía… y es entonces cuando se acaban los miedos y las inseguridades. Es como descubrir la sombra de la luna y ver que es simplemente perfecta.



Por cierto, el viaje a Barna también me ha servido para reconciliarme con una ciudad de la que tenía muy malos recuerdos, de esos que te gustaría no haber tenido nunca y que solo han servido para dar significado a la palabra olvidar. Ahora sí que sí: Barcelona tiene una melodía preciosa.



lunes, 10 de marzo de 2014

Y mira que nos complicamos la vida


A veces nos empeñamos tanto en buscar lo exquisito que se nos pierden las cosas buenas. Y las cosas buenas son cosas sencillas. Cosas como caminar por la naturaleza, tomar una cerveza con los amigos, ir al teatro, al cine o simplemente leer un libro en silencio al lado de esa persona, que tampoco es nada exquisito, pero que sin ella la vida es bastante más gris.


Nos hemos acostumbrado a buscar aventuras radiantes, situaciones deslumbrantes, momentos épicos cuando la felicidad se esconde en ese día a día que nos han dicho que es anodino y vulgar. Es esa sensación de familiaridad con la que metes las llaves en el bolso de ella o ese momento relajante en el que haces planes de dos para cuatro. Son esos “¿A ti qué te parece?”, “Prefiero comer pescado” o “llego tarde a casa haz tu la compra”. Son instantes que pasan casi inadvertidos por cotidianos, instantes que sin querer se aferran a la vida pegándose en las paredes de la memoria, en un rincón casi olvidado. Son instantes en los que no nos detenemos a mirar pero que forman el puzzle de nuestra felicidad. No nos damos cuenta hasta que faltan, y cuando faltan….


No. No son ni el boato ni los oropeles. Ni es la persona extraordinaria y desmedida. Es lo simple, lo cotidiano… Es quien te mira con los ojos cerrados y te arranca la sonrisa. Y aun así, aun sabiéndolo, mira que nos complicamos la vida.

martes, 18 de febrero de 2014

Enseñanzas del tiempo


Que el tiempo pasa es un hecho. Que nos enseña cosas debería ser una obviedad aunque para algunos, por muchos años que pasen no van a aprender nada. Y esto es otra realidad.

No hace mucho, mi querido Bartolo puso un vídeo de reencuentro de dos elefantes después de 20 años de separación, viviendo una vida de circo e imagino de sufrimiento. Era una especie de experimento etológico -relativo a la etología que es el estudio del comportamiento animal- para saber cuál sería la reacción de unos animales famosos por su memoria pero con dudas sobre sus sentimientos y emociones.



No hace falta ser etólogo para ver que el documental mostraba a dos animales que, pese al paso del tiempo, no solo no se habían olvidado sino que mostraban lo que parece ser un recuerdo vívido de una amistad resistente al paso de los años. Juegan, se acarician, parece decirse al oído mil palabras retenidas por la distancia… se podría ver esa complicidad que otorga los amigos de toda la vida que, pase el tiempo que pase, en el momento del recuentro es “como decíamos ayer”.

Se podría sacar la conclusión de que los animales, por lo menos estos grandes mamíferos, son capaces de estructurar sus recuerdos en función de sus sentimientos quedando para siempre marcado en su memoria la persona que los forjó a golpe de amistad. Podría ser. La pregunta es si estos animales tuvieron la capacidad de forjar esos sentimientos de manera consciente o somos nosotros los que queremos darle esa explicación con la única intención de humanizar el reino animal. No soy etóloga y no tengo respuesta a esta cuestión, pero me asaltan otras: ¿Es necesario que dejemos pasar los años para manifestar sentimientos que simplemente tenemos y no dejamos salir? ¿Somos capaces de guardar “quereres” resistentes al paso del tiempo? Las personas a las que pensamos, que no tenemos al lado pero que no decimos lo que las echamos de menos, ¿se comportarían como estos elefantes? Es más, ¿deberíamos dejar pasar los años para demostrar o no esta teoría? ¿Queremos a pesar del paso del tiempo o como consecuencia de él?

Los animales parecen querer sin condición y nosotros ponemos condiciones para querer. O vemos que nos quieren con condiciones y nos condiciona querer… No lo sé. No llego a tanto. A lo que llego es a mirar a mi alrededor y ver que a veces falta gente, que están lejos o lejanamente cerca y que, si hay que esperar 20 años para analizar nuestras reacciones, es posible que el experimento se quede poco menos que en agua de borrajas. Posiblemente lo que nos diferencia de los elefantes es que ellos, en su simplicidad, solo usan un factor, el del corazón, en el reencuentro y nosotros ponemos, además, el de la razón.

¿Cuáles son las enseñanzas del tiempo entonces? Una fundamental: que sí, que queremos a pesar del paso del tiempo pero que es ese mismo tiempo el que nos condiciona el querer. Queremos porque necesitamos querer y ser queridos pese a que el gran secreto es que deberíamos querernos para aprender a querer. 

martes, 28 de enero de 2014

Como ejemplo


Seguro que muchos de vosotros sabéis de mis locuras con la bici porque andáis cerquita cruzando los dedos para que no me piñe. Por eso sabréis que el pasado septiembre participé en una prueba cicloturista por la sierra de Madrid donde una chavala tuvo un accidente en el Puerto de La Morcuera que pintaba, ya en los primeros momentos, muy mal.

Era un día soleado, pero subiendo el puerto se puso a llover. Las bicis y la lluvia no se llevan bien y, si para colmo sopla el viento, la cosa se complica. Bajando hacia Rascafría a Eva, la chica del accidente, se le fue la bici por la conjunción de una serie de factores: la lluvia, el viento, la estupidez de cuatro descerebrados que se toman una prueba cicloturista como si fuera el Tour… y chocó contra un “quitamiedos”. La cosa podría haberse quedado ahí. Una costalada y ya. Como tantas otras que, no solo ella, sino todos los que montamos en bici nos hemos dado alguna vez. Pero no. Salió catapultada por el barraco y aterrizo con la espalda en un árbol. Malo. Se secciono la columna. Los que íbamos por detrás ya vimos la gravedad… y ella también. Y para colmo las complicaciones de llevársela a un hospital debido a que el helicóptero no podía aterrizar entre tanto árbol, tanta lluvia y tanto viento.

Decir cómo se nos quedó el cuerpo es una perogrullada. Pensar que nos podía haber pasado a cualquiera de nosotros, otra. Recuerdo que bajando el puerto, empapada, helada y acojonada, solo podía pensar en cómo se le había truncado la vida a la pobre, con su juventud partida por la mitad. De hecho, entre curva y cuesta, pensaba que hubiera hecho si eso mismo me hubiera sucedido a mí. Sombrío, ¿verdad? A mí, que tanto me mola caminar y montar en bici…

Hoy, uno de mis peregrinos me ha enviado un recorte de periódico donde aparecía ella y su futuro. No solo ha aceptado su nueva situación sino que se ha propuesto nuevas metas que igual, antes del accidente, no podría haberse ni planteado. Ahora quiere competir en los Juegos Paralímpicos (Historia de una superación).

Además, en una cuenta de Twitter he visto un artículo interesante sobre las coincidencias, esas situaciones de la vida que supuestamente suceden por y para algo. Y claro, me ha dado por pensar. ¿Es posible que hasta un accidente con resultado de tetraplejia sirva como vehículo para alcanzar algún fin? ¿Puede ser que el diagnóstico más nefasto, léase un cáncer, en uno mismo o en un familiar sirva para darte cuenta que igual, solo igual, el centro de la vida no se mide desde tu ombligo? ¿Pudiera ser que rupturas, despidos, crisis y demás traumas solo sean una pieza que complete una vida, la tuya, que andaba pelín desorientada? O sea, ¿Qué muchos de vosotros estáis en mi vida respondiendo a una oculta razón?

Me da la ligera sensación de que a veces tomo decisiones que sistemáticamente la vida se encarga de que no se lleven a cabo. Suelo empeñarme, trazo plan de acción y lo ejecuto. Medito las situación, sopeso pros y contra y una vez que lo tengo claro, tiro “palante”. Habitualmente lo suelo hacer en aquellos aspectos más personales, en lo relacionado con echar de mi vida a gente que no me encaja pero que, de manera recalcitrante, y pese a todo mi empeño, vuelven y vuelven y vuelven. Cansina la cosa. ¿Es esto la sincronicidad y las coincidencias?


Como no tengo respuesta vuelvo con otra pregunta ¿Sirven ejemplos como el de Eva para modificar nuestras prioridades? ¿Es el toque de atención para darle valor a lo que verdaderamente lo tiene? ¿Pueden hacernos aprender en pellejo ajeno? A mí, desde luego, me ha dejado pensando

martes, 21 de enero de 2014

Si cierras los ojos


Si cierras los ojos tiendes a ver lo que el corazón quiere que veas, lo que te muestra libre de miedos y pesadillas. Es el boceto que dibujas de lo que es posible que ocurra allí, donde todo puede ocurrir.

Si cierras los ojos puedes sentir las caricias debidas, las miradas olvidadas y las palabras que, al borde de los labios, se han quedado asustadas sin salir.

Si cierras los ojos te cubre un tenue manto de colores, que obvia el negro y deja paso al arcoíris de tu sonrisa. Así, sin voces que lo cubran ni gritos que lo espanten.

Si cierras los ojos todavía puedes verme y que te vea. Todavía es posible cogernos de la mano y salir corriendo, correr, escapar hacia donde, si cierras los ojos, nada ni nadie nos puede alcanzar.

Si cierras los ojos escuchas lo que la voz no es capaz de decir, atrapada entre pasados que no se van y futuros que no quieren llegar.

Si cierras los ojos nos encontramos. Así, sin más.



jueves, 16 de enero de 2014

A ver como lo digo para que no ofenda


Si hay algo que no me caracteriza especialmente es la delicadeza en decir las cosas. Borde y borrica son dos adjetivos que mis amigos suelen acompañar al final de mis palabras. No es precisamente la delicadeza mi fuerte y, pese a que debería pensar antes de hablar en muchas ocasiones, termino por dejar salir mis pensamientos libres de ataduras convencionales.

No hace poco, en una velada que apuntaba maneras, se vio truncada por un comentario que se me atragantó entre el jamón y el vino, y del que salió despavorida una frase que acabó con la cena y el posible desayuno. Algo así como “¿y esa gilipollez la has pensado tú solita o la has copiado del Facebook?”. En fin, así vamos mal.

A veces consigo aguantarme las palabras y paso a que no se me note en la cara los pensamientos. Algo así como una expresión donde ni pestañear me atrevo no sea que se confunda con el tic del presidente. Una cara plana, inexpresiva, sin connotaciones no verbales para no caer en el abismo de imprudencia de decir algo inconveniente que me haga perder, si no momentos excitantes, por lo menos agradables. Pero nada. Hasta en esa inexpresión se me nota la intransigencia con la estupidez. Y eso que siempre digo que a mí me provocan por el magín y no por las bragas. Pues ni por esas.

A ver como lo digo para que no ofenda. Verás. Me importa tres cojones la vida privada del personal, los programas del corazón y los chismorreos de tertulias y entrevistas. Me provocan arcadas. Así que debido a mi “déficit de atención a las cosas estúpidas” no sé cuál es la última “noticia” de la que habla todo el mundo. Entiendo que interese a según qué tipo de personas, pero ese no es un tema del que pueda entablar una conversación con nadie. Así de aburrida soy.

Soy de las que leo. Sí. Pero no las memorias de Belén Esteban, de la que la criatura va por la séptima edición (aquí, ¿ves?, voy a pensar mis palabras). Estoy con las de Trajano, pero creo que esas no van a interesar salvo a según que tipo de personas que, por alguna extraña jugada del universo, no se prodigan en mi cama (Nota: acostarse solo con gente que piense y le guste la buena música y el teatro).

Lo de hacer ejercicio no es solo el de origen sexual. En este apartado extiendo el significado de la frase a hacer pilates, caminar, montar en bici…, incluso soy tan generosa que acepto ir de compras como animal de compañía, así que cuando me refiero a hacer algo de ejercicio no solo me refiero al “único” ejercicio. Cuestión de tener la mente abierta.

No me llama especialmente la atención las personas que se tiran horas frente al espejo pensando que ponerse o que dedican minutos y minutos a pintarse el ojo y montarse en el tacón. Debe ser porque, como para mí Fátima cerró el quiosco, el arreglo superficial de los demás me trae al pairo. Así que me echen en cara que no diga lo guapas que están después del tiempo que se han tomado para conseguirlo (en algunas ocasiones con escaso resultado), no me hace sentirme especialmente mal. Todo lo contrario. Me hace sentirme especialmente ágil y salir corriendo dejando a toda tu belleza plantada.

En resumidas cuentas. No soy una persona convencional y en ese “no convencionalismo” no me interesa lo que al común de los mortales sí: ni el balón de oro, ni las disputas de alcoba, ni los cuernos, ni los consejos de amor para salir de una crisis. Todo eso, no solo me parecen estupideces, sino que me provocan reacciones físicas en la piel en forma de urticaria. Sí hay algo que me resulte atractivo es la inteligencia, la capacidad de hacer reír y el compromiso social. Tan sencillo como eso. Sin oropeles, sin grandes alardes.., así, simple como el mecanismo de un chupete.

¿Y a cuento de qué escribo todo esto? No hay ninguna razón. Porque me sale del mismo parrús y porque hoy se me han atragantado las tostadas y el café. Manda cojones.

jueves, 2 de enero de 2014

Haciendo números

Mira tú por donde hoy me he levantado con espíritu matemático y me ha dado por hacer números después de conocer las últimas encuestas electorales. A ver. Según los eruditos sociológicos, a día de hoy, si hubiera unas elecciones la cosa quedaría así:

PP: 34,5%
PSOE: 31,7%
IU: 12,4%
UPyD: 9%
Otros: 12,4%
Abstención: 59,9%

Con estos datos, de los 34,5M de personas con derecho a voto no lo haríamos 20,7M ergo, si aplicamos los porcentajes, el voto de 4,7M de "simpáticos conciudadanos" otorgarían las elecciones a Pancho Villa y sus secuaces (PP) y 1,2M de "chicos listos" del extremo centro, el poder. Conclusión. 5,9M de los 34,5 posibles serían los que decidieran nuestro futuro como país. Esto es, si no me equivoco, aprox. el 17%.... Como veis, muy legítimo todo... 

Yo tengo otros números:

Casos nuevos de cáncer al año: 200.000
Coste medio del tratamiento: 50.000€

Sería de ley que los que sustentan estas políticas de austeridad y recortes fueran los que asumieran los costes derivados de sus decisiones ergo les costaría, sólo el tratamiento oncológico, a unos 1.700€ por barba.... Y eso que en la cuenta no incluyo la deuda pública, los presupuestos de los colegios concertados, el copago farmacéutico, la pasta a la Iglesia según el concordado ni lo que hubiéramos dejado de perder si la pasta de los españoles no estuviera en cuentas en Suiza. Veis como estoy generosa?